

La Película.
Un viaje a las densas selvas de la Península de Osa, Costa Rica, donde convergen el mito, la geología y la obsesión humana. La película sigue la huella de un alquimista legendario, conocido como Vampiro Negro, cuya presencia perdura en historias, paisajes y ríos moldeados por el tiempo.
En lugar de reconstruir la leyenda, la película se adentra en ella, permitiendo que la propia selva guíe la narrativa. A medida que el río se convierte en una arteria viva de memoria y transformación, el viaje se despliega como un pasaje a través de la erosión, la creación y el cambio interior. Lo que comienza como la búsqueda de una figura se disuelve en una confrontación con la inteligencia pura de la naturaleza, revelando la selva como laboratorio alquímico y espejo espiritual: un entorno donde la supervivencia, la creencia y la imaginación se fusionan en una experiencia visceral.

Notas de Producción.
Vampiro Negro y El Río de Oro fue concebido como un viaje al paisaje, al mito y al subconsciente que emerge cuando los humanos se salen de control. La filmación estuvo marcada por la incertidumbre, la resistencia física y la lógica incontrolable de la propia selva.
Vampiro Negro y El Río de Oro surgió tras más de seis años de viajes recurrentes a la Península del Pacífico Sur de Costa Rica, una región reconocida como uno de los lugares con mayor intensidad biológica del planeta. Lo que comenzó como una exploración del paisaje se transformó gradualmente en una indagación más profunda sobre el mito, la imaginación y la necesidad humana de dar significado a la fuerza abrumadora de la naturaleza.
A medida que la producción se adentraba en la selva, el proyecto mismo comenzó a mutar. Los límites entre documentación e invención se disolvieron, y la leyenda que habíamos escrito se reveló poco a poco como una parábola: menos sobre el origen de la tierra y más sobre nuestro propio proceso de autotrascendencia. La selva se resistía a la estructura, exigiendo rendición en lugar de control. En respuesta, la película abandonó la dirección y la planificación convencionales, adoptando un enfoque de guerrilla moldeado por la intuición, la resistencia física y la lógica impredecible del entorno. La filmación de cada día surgió de los restos del día anterior, guiada por el estado de ánimo, el agotamiento, la curiosidad y el azar.
No hubo actores, ni escenas escenificadas, ni actuaciones más allá de la presencia misma. Lo que se capturó fue exactamente lo que sucedió: una expedición emocional en lugar de una narrativa preconcebida. Esta ética de producción minimalista permitió que el entorno se convirtiera en un colaborador activo, moldeando el ritmo, el encuadre y la atmósfera interior de la película.
Vampiro Negro y El Río de Oro reflexiona sobre el antiguo impulso de la humanidad de buscar significado a través de lo desconocido. Al adoptar un proceso intuitivo y sin guión, la obra propone el cine como un acto alquímico en sí mismo: una transformación que ocurre no por la comprensión, sino por la perseverancia. Lo que queda no es una respuesta, sino un residuo: la memoria encarnada de haber atravesado algo irreversible.
"Algunas formas de sabiduría no se pueden extraer, solo experimentar".

El Corazón de
La Producción
La esencia de esta producción reside en el acto de soltar: el control, la certeza y la comodidad de un significado predefinido. Lo que pensábamos que sería una película sobre un mito se reveló poco a poco como un espejo, reflejando nuestros propios miedos, obsesiones y transformaciones a medida que nos adentrábamos en el territorio.
Filmar en una de las regiones con mayor intensidad biológica del planeta nos obligó a un estado de presencia intensificado. La selva no era un telón de fondo; era una fuerza activa que moldeaba nuestras decisiones y desafiaba nuestra percepción del tiempo, la narrativa y la autoría.
Al trabajar sin actores, guiones rígidos ni dirección convencional, la película aprovechó la incertidumbre como motor creativo. El mito del Vampiro Negro se convirtió en un vehículo para explorar la transformación, no como un concepto, sino como una experiencia vivida.
























